Solidaridad con los afganos

Duele mucho lo que sucede en Afganistán, la forma en la que de nuevo retornan a un régimen que limita las libertades fundamentales y se posiciona con el miedo y la violencia. La desesperanza es generalizada, muchos de sus habitantes sienten que la vida se detiene, que se acaba, sobre todo esto sucede en la población joven y más aún con las mujeres, con ellas, este régimen se ensaña y nos cuesta comprender tanta misoginia sustentada en la tradición y la religión. Ya son muchos los años los que este país se debate en una espiral de violencia ciega y brutal, donde lo tradicional, atávico y devocional entran en tensión constante con la visión occidental del mundo, todo bajo el marco de una profunda desigualdad social, con cerca del 40% de su población viviendo por debajo del umbral de pobreza, con uno de los peores indicadores de calidad de vida en el mundo, además de estar inmerso en guerras y conflictos internos hace ya más de 40 años. 

Por Afganistán ha pasado la monarquía, el comunismo, la teocracia, el extremismo radical, y hasta una incipiente democracia que se desvanece con el retiro de los Estados Unidos. Todo esto ha marcado una historia de inestabilidad social, política, económica y religiosa, convirtiendo a este país en el teatro de operaciones de muchas naciones que lo consideran estratégico para sus intereses, entre ellos Rusia, Estados Unidos, Pakistán, India, China e Irán. Todos estos factores han permitido que el fundamentalismo religioso tome mucha fuerza y que, de alguna manera, como lo afirmó recientemente, a manera de rotulo discriminatorio, el presidente francés Emmanuel Macron, se arraigue la percepción en el mundo de que su territorio es santuario para el terrorismo, al tiempo que ha reforzado el estigma que asocia al islam con el extremismo violento y radical. De esta manera, parece que el planeta solo ve una cara de Afganistán, la de un grupo de extremistas, que ejercen en su lucha la violencia, el terrorismo y la opresión de las mujeres, un odio enquistado y alimentado durante décadas en campamentos y escuelas de adoctrinamiento. Una minoría que se quiere imponer a la fuerza a un país que quiere un cambio de rumbo.

Así, el mundo ve con indiferencia el cruento conflicto de Afganistán donde las cifras de víctimas sólo en el lapso que duró la ocupación estadounidense son desgarradoras. Según estimaciones del Instituto Watson de la Universidad de Brown, entre octubre de 2001 y abril de 2021 fueron asesinados entre 47.000 y 71.000 civiles, murieron entre 66.000 y 73.000 miembros de las fuerzas de seguridad afganas, además de 51.191 insurgentes. ACNUR estima una tragedia humanitaria de grandes proporciones por cuenta del desplazamiento forzado, según sus números hay 2,6 millones de refugiados afganos en el mundo.  Ahora, con el regreso de los Talibanes al poder, la crisis migratoria se profundiza y después de unos años donde se consiguieron algunos avances y se empezaba a construir el camino en el respeto de los derechos y libertades individuales. Sin embargo, todo avance en la historia es susceptible de desaparecer, el oscurantismo se instala de nuevo, ahora podemos observar las angustiantes imágenes de centenares de personas tratando de huir del país, corriendo a colgarse de los aviones que despegaban, ya se cuenta más de un centenar de vidas perdidas. 

Frente a tanto dolor e indiferencia nos tenemos que preguntar qué hacer, la respuesta es clara,  debemos actuar como ciudadanos del mundo, con solidaridad y empatía. A nuestro país pronto van a llegar cerca de 4000 refugiados de Afganistán y tristemente ya vemos memes ofensivos y caricaturescos circulando por redes sociales, poco solidarios con la triste realidad que están viviendo los afganos, además surge de inmediato el temor por un estigma mundial que recae sobre la cultura islámica. No han llegado aún a nuestro país estas personas y ya está presente el rechazo y la inexplicable xenofobia por pertenecer a una cultura lejana y diferente. 

Por esta razón, mi invitación es a pensar con consideración hacia un pueblo que vive una difícil situación, a que respetemos su tradición y cultura, a que no pisoteemos su dignidad. Aunque el gobierno de Colombia ha dicho que los gastos los va a subsanar el gobierno de los Estados Unidos y que su estadía es transitoria, es posible que algunos de ellos intenten quedarse en el país, debemos tener la capacidad de abrir las puertas de nuestro país para ayudar al pueblo afgano. Adicional, debemos recordar que aunque sintamos a este país muy lejano tanto geográfica como culturalmente, hay muchas cosas que nos acercan, no olvidemos que también hemos sido por muchos años un territorio de dolor, de odio y de desarraigo, no olvidemos que en los más de 50 años de conflicto interno armado que hemos vivido, tuvimos cerca de 8 millones de personas desplazadas de acuerdo con el Registro Único de Víctimas, más de 200 mil muertos según el Centro Nacional de Memoria Histórica, además de miles de víctimas de delitos atroces como el secuestro, la violencia sexual, entre otros, sin mencionar la xenofobia de la que somos víctimas en muchos lugares del mundo por el estigma del narcotráfico que cargamos sobre nuestros hombros. Entonces, no es muy difícil ponernos en los zapatos de los migrantes afganos y pensar que nuestro país, se convierte hoy en una luz de esperanza para muchos de ellos, puede ser la única oportunidad que tienen para encontrar un hogar, para poder tener una vida plena y en paz, ese es un derecho universal que no se puede limitar por fronteras o creencias culturales.

Fernando Merchan Ramos

Socio en López & James

Director ONG Adelante Colombia

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